Neo-eurasianismo, el último aliento de Putin

Dos años y medio después del primer avance de Rusia sobre la región de Donbás, lo que se pensaba como una “guerra relámpago” se convirtió en un intento muy costoso de Putin para frenar el avance del Occidente en Europa del Este. Esta desilusión de la guerra se materializó para las elecciones presidenciales rusas de 2024, en las que, a pesar de las restricciones de la Junta Electoral, figuras antiguerra como Boris Nadezhdin tomaron fuerza como oposición1. De todas formas, Putin logró consolidar su quinto período de gobierno y mantener su actividad en Ucrania. Pero ¿hasta cuándo? ¿Qué es lo que mantiene a los rusos putinistas fuertes en su convicción de guerra?
Para comprender por qué los rusos apoyan la guerra, debe considerarse la ideología que utiliza Putin desde el Estado para legitimar la expansión rusa: el neo-eurasianismo. Previamente, el eurasianismo surgió después de la Revolución de Octubre (1917) y se basó en la caracterización de una civilización rusa a partir del legado étnico eslavo y cristiano ortodoxo2, en contraposición con el proyecto soviético. Actualmente, estas ideas se tradujeron en un neo-eurasianismo que afirma la necesidad de una reconstrucción de la hegemonía rusa en Eurasia3. En efecto, Aleksandr Duguin desarrolla esta perspectiva en profundidad al proponer un mundo multipolar con Rusia como la potencia eurasiática contra el “monopolio de la civilización occidental” que impide el desarrollo de otros valores civilizatorios4. Puede entenderse, entonces, como una doctrina política que hace una “nueva formulación pragmática del sovietismo”5.
Frente a una sociedad post-soviética sin guía, el argumento de Duguin es útil para el proyecto político de Putin. El neo-eurasianismo responde, en primer lugar, a la desilusión del fracaso del proyecto soviético; y, en segundo lugar, también replica a la nueva distribución de poder para la década del 2010, en la que China habría reemplazado el rol de la Unión Soviética en Asia y en Europa, y parecería avanzar sobre la hegemonía estadounidense y convertirse en una superpotencia a futuro. Rusia, entonces, ha quedado relegada de su antigua ambición de hegemonía mundial e incluso regional.
Esta desilusión coincide con un factor estratégicamente beneficioso para el nacionalismo ruso: la existencia de comunidades étnicas rusas a lo largo de Europa del Este y Asia Central. Evidentemente, estas comunidades ayudan a Rusia a construir un relato irredentista; es decir, se justifica la anexión de territorios por motivos etnolingüísticos, históricos y culturales. No es casualidad, en ese sentido, que Rusia haya avanzado rápidamente sobre Ucrania, que fue el origen de la Rus de Kiev, la cuna religiosa y política de los Estados eslavos6; mientras que otros Estados, como Lituania, Estonia o Letonia hayan entrado a la OTAN y/o a la Unión Europea sin respuestas militares de Rusia.
Evidentemente, es necesario considerar el peso económico y geopolítico que Ucrania tiene para Rusia en comparación con los estados eslavos anteriormente mencionados. Pero que Ucrania haya “traicionado” su asociación histórica y política con Rusia es lo que permitió a Putin justificar su accionar con ideología. El neo-eurasianismo, en este contexto, ha motivado la militarización social y ha revitalizado el nacionalismo ruso, lo cual también fue útil para Putin para su continuidad en el poder en 2024.
Pero, si estaba tan claro para Putin que “los rusos y los ucranianos son un mismo pueblo”7, ¿por qué la guerra sigue? ¿Por qué los ucranianos no se rebelaron contra el Estado “nazi”, como lo llama Putin8, que los reprime? Cuanto más tiempo pasa, más complicado se vuelve para el régimen ruso responder a estas preguntas.
El neo-eurasianismo fue eficiente para responder al descontento ruso y para movilizar la política interna, pero parece “quedarse corto” cuando la ideología se combina con una guerra lenta y con resultados pírricos. Putin no consideró, en primer lugar, que la Revolución Naranja (nov. 2004 - ene. 2005) había demostrado desde hacía años, con la renuncia forzada del presidente ucraniano Viktor Yanukóvich, simpatizante con Rusia, que el pueblo ucraniano haría resistencia al avance ruso9. En segundo lugar, el Kremlin tampoco consideró que no tiene la capacidad de conquistar y anexar fácilmente todo Ucrania10, menos aun de difundir sistemáticamente su ideología prorrusa. Incluso si Putin logra anexar al este ucraniano, debe convencer a aproximadamente 15 millones de personas para que no se revelen contra él11.
Parecería, entonces, que el sueño neo-eurasianista de Duguin solo puede desempeñarse en condiciones muy ideales y Putin no ha evaluado los múltiples obstáculos en su lectura de la política. El neo-eurasianismo, en vez de potenciar a Rusia como un polo dentro de la distribución de poder de Asia, ha reafirmado su decadencia. La ideología se ha vuelto la única forma de Putin para legitimar su poder doméstico, y no se sabe hasta cuándo esto puede perdurar de la misma forma.
En un mundo en el que “la guerra ya no es más un instrumento útil para el arte de gobernar”12, el neo-eurasianismo va a tener grandes consecuencias para Rusia. Mientras que China, por su parte, ha aprovechado la transnacionalización económica y proyectos como el Belt and Road Initiative para consolidar su peso como “pivote” en Asia13, Rusia ha elegido imponerse por la ideología expansionista y la fuerza, y eso le ha cerrado puertas en el comercio con Occidente. Ahora, Rusia depende principalmente de los negocios de China14, lo cual le otorga una imprevisibilidad económica que no caracteriza a una gran potencia, que es a lo que Rusia intenta aspirar con su proyecto neo-eurasianista.
Así es cómo el neo-eurasianismo degradó el estatus internacional de Rusia, aumentó la desconfianza de Occidente, redujo las posibilidades de Rusia de poder convertirse en algún momento en la potencia que aspira y condenó al país a un aislamiento económico y político de Occidente. La ideología, instrumento que ayudaría a la expansión de Rusia, terminó limitándola a sus fronteras.
Referencias y bibliografía
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